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La momia

«La momia»: El eterno retorno de la plaga que no cesa

La última adaptación de Sommers dio para varias secuelas cada vez de menor cuantía, suscitando esta pregunta para la nueva momia Universal: ¿debemos esperarla como un placer culpable o como una nueva plaga de Egipto?

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¿Por qué regresa ahora? Podrían preguntarse millones de potenciales espectadores que quizá no esperaban expectantes la resurrección de la franquicia de la momia cual nueva temporada de «Juego de tronos». En el mundo de ficción, el mito del origen está esculpido en piedra como un mandamiento: la momia, o el amor perdido de la momia, despierta de su siesta milenaria porque un egiptólogo irrumpe en su catacumba. Así ha sido este gafe piramidal desde el principio de los tiempos… del cine sonoro: desde que Karl Freund, el ojo fotográfico de Murnau, de «Metropolis», se trajo la bendita maldición visual del expresionismo alemán a Hollywood y dirigió a Boris Karloff en «La momia» de 1932. Esta versión vendada de su monstruo de Frankenstein -comparten una forma similar de «malandar»- puede parecer hoy ingenua; pero pónganle al lado alguna de las versiones posteriores y quizá comprueben que para proyectar la dignidad de un maldito ayuda ser un pedazo de actor como Karloff.

En el mundo real -y casi tan peligroso- del Hollywood corporativo, las razones del retorno son igual de claras. Hace tres veranos la Universal anunció un ambicioso plan para resucitar a todo el panteón de «monstruos clásicos» que labraron su fama en los años 30: Drácula, el hombre lobo, Frankenstein (y su novia, la del eléctrico peinado inigualable) y hasta el hombre invisible. ¿Por qué depender de un avaricioso socio externo, debieron pensar en Universal, si tenemos nuestro propio panteón? También anunciaron que iban a «compartir universos», o sea, a combinar estos personajes entre sí, algo que antaño sólo se hacía en las baratas parodias cómicas y ahora es la gran «aportación» del cine-tebeo al cine del milenio. Qué diferencia: el pequeño estudio que era la Universal en los 30 piensa ahora en grande, aplica la mentalidad de la megafranquicia a lo que fue una serie B sin pretensiones, y bautiza este «monster mix» con el pretencioso nombre de Universo Oscuro. Y eso es lo que explica que veamos en este nuevo despertar de la momia a uno de los actores mejor pagados del nuevo Hollywood como Tom Cruise.

Junto a Cruise, Russell Crowe en el papel de un tal doctor Jekyll (!), con un Hyde que le ladra, es como una versión empresarial del rol de Peter Cushing en las producciones de la Hammer que también explotó sin demasiada convicción su ciclo de momias durante los modernos años 60, con el siempre elegante Christopher Lee en la primera entrega. Este lote británico añadió color al ciclo Universal que había ido perdiendo fuelle en las décadas anteriores, hasta culminar en una parodia de Abbott y Costello.

Pero lo que nadie se esperaba era el vigoroso despertar de la momia a manos de Stephen Sommers. Su primera momia llegó en 1999, con un toque transgender: el horror expresionista se trocó en un toque de comedia mundana, un mucho de cine de aventuras (el hoy maldito Brendan Fraser como un Indiana Jones de menú) y dos cucharadas soperas de efectos digitales. Lo de Sommers dio para varias secuelas cada vez de menor cuantía, suscitando esta pregunta para la nueva momia Universal: debemos esperarla como un placer culpable o como una nueva plaga de Egipto…