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Crítica de «Mia y el león blanco»: el mejor amigo de una niña

Esta fábula animal que se pretende realista es imposible que no acelere el corazón de cualquiera que tenga un gato

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Presentar a los animales, a cualquier animal, como una simpática mascota es algo que inventó el cine hace casi un siglo: vean los monitos de «Chang», de 1927. Disney luego vivió mucho de eso: viendo esta película, parece que en cualquier momento sus abogados van a dar una patada en la puerta gritando, «La jungla es mía». La música amenaza también con arrancarse por reyleonerías, o quizá por el genial «Graceland», aunque al final incurre en «The lion sleeps tonight».

Esta fábula animal que se pretende realista es imposible que no acelere el corazón de cualquiera que tenga un gato: ello habla más de la gracia felina que de su gracia narrativa, por cierto. Estamos en Sudáfrica, en una granja que cría leones con fines en apariencia a prueba del PACMA. El león titular es blanco, como por cierto todos los personajes principales, excepción hecha de una cocinera que parece salida de «Lo que el viento se llevó»: ¿exageramos al percibir que hay cosas que no se llevó el viento de Mandela? En cualquier caso, la película describe, sin abusar del lagrimal, pero más por falta de talento para estimularlo que por voluntad de estilo, la toma de conciencia de una niña que empieza jugando con un peluche con zarpas y acaba protagonizando una improbable trama de domesticación felina.