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Crítica de Wonderstruck: Dos escaparates neoyorquinos

La ferocidad argumental y el nivel socialmente corrosivo de otras películas de Haynes se transforma aquí en una fábula familiar

Julianne Moore
Julianne Moore
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En películas como “Lejos del cielo” o “Carol”, Todd Haynes ya apuraba al máximo sus cualidades de narrador y de magnífico escaparatista, maestro en modelar el tiempo (la secuencia) y en adornar el plano, y en “Wonderstruck” aplica esa maestría formal para encontrarle el buen gusto a dos épocas y dos tonos de Nueva York, los dos tiempos, blanco y negro y color, en los que transcurre su doble historia, la de una niña sordomuda en la década de los años veinte y la de un niño accidentalmente sordo en la de los setenta. El relato, que se desarrolla en paralelo, deja señales comunes entre los dos jóvenes protagonistas, y sugiere nudos y lazos entre ambos hilos narrativos que comparten una atmósfera de cuento y un tono de melodrama que busca emoción en la singular simetría de piezas del puzzle que se va construyendo y enlazando las dos historias.

La ferocidad argumental y el nivel socialmente corrosivo de otras películas de Haynes se transforma aquí en una fábula familiar y en un sentimental canto a esos dos mundos y dos tiempos, y dos cines, el mudo y el coloreado, que hornea con absoluto aroma y gusto la mirada de este director; y también con oído, pues la partitura es magnífica.