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Crítica de Vitoria, 3 de marzo: Memoria histórica

«Lo que molesta aquí es la unidireccionalidad en la recreación de unos hechos en pos de una declarada intención de memoria histórica»

Escena de Vitoria, 3 de marzo
Escena de Vitoria, 3 de marzo
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Esta recreación de unos sucesos trágicos ocurridos pocos meses después de la muerte de Franco, en marzo de 1976, acaba incurriendo en los defectos típicos de aquello que alguien tan poco sospechoso de ser un reaccionario como Serge Daney llamó despectivamente «ficción de izquierdas», para referirse al cine de Costa-Gavras y, con más pesar en el corazón, al Bertolucci de la segunda parte de «Novecento». Lo que le molestaba, lo que molesta aquí, es la unidireccionalidad en la recreación de unos hechos en pos de una declarada intención de memoria histórica.

Como en un episodio exaltado de «Cuéntame», se recrea aquí un momento de un país que vive un cambio de régimen de resultados aún imprevisibles. Pero sólo ofrece dos lados de un polígono que seguro tenía más. En uno, activistas imprimen en la «vietnamita» mientras cantan «A galopar, hasta enterrarlos en el mar»… para convocar una huelga que parece ser sólo por unas condiciones laborales y un mejor sueldo, pero que quiere involucrar a todos los sectores hasta parar el país. Ningún matiz, todos como una piña, y hasta se sospecha del «reformista» (¿el PC?) que avisa de los excesos. Y en el otro lado, pero se ha evacuado todo lo que hay en medio, lo que podemos llamar la sociedad civil, sólo hay gobernadores que saludan al ministro diciendo «A sus órdenes» y policías en modo billyelniño salidos de una película de nazis. Sin duda, pervivían malos elementos del régimen y su excesiva reacción explica el trágico balance de muertes; pero las grabaciones reales de las comunicaciones de los policías dan una medida de los hechos menos maniquea, más gris como el color de los uniformes.