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Oti Rodríguez MarchanteOti Rodríguez Marchante

Crítica de «La virgen de agosto»: Interior mujer, exterior Madrid

«Jonás Trueba, su modo de mirar la escena y sus personajes, le arranca secretos a lo obvio, textura a lo liso y espesor a lo transparente»

Itsaso Arana en La virgen de agosto
Itsaso Arana en La virgen de agosto
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Con puntualidad de santoral se estrena lo último de Jonás Trueba, un director al que le gusta filmar Madrid como si fuera posible un cruce entre el Manhattan de Woody Allen y la campiña de Éric Rohmer. Quedarse en Madrid en agosto, aunque sea dentro de una película, produce un estado de ánimo especial, distinto, un mejunje interior de tristeza, osadía, espiritualidad y ardor verbenero, todo lo cual es el relleno invisible de una historia que explora sus propios mínimos y que se reparte por igual en los ambientes populares de Madrid en estas fechas y en los íntimos de su protagonista, una joven treintañera a la que su belleza interior se le sale a borbotones y que interpreta echándote el aliento la actriz Itsaso Arana, que ya fue la protagonista de una de sus películas anteriores, «La reconquista», y que aquí adorna su enorme influjo también con su coescritura del guion.

El azar de los encuentros, el calor y el frescor de las conversaciones, la sensación de que los momentos se construyen sin cálculo, objetivo o pretensión, la impresión de que Jonás Trueba, su modo de mirar la escena y sus personajes, le arranca secretos a lo obvio, textura a lo liso y espesor a lo transparente… Parecerá absurdo, pero el cine de Jonás Trueba consigue una naturalidad insólita en el modo en el que a lo diurno le sigue lo nocturno, y a lo nocturno, lo diurno. Y los sentimientos, hasta los más transitorios, y las emociones y las temperaturas brotan y se acoplan a su rincón en el plano como si pudieran ser escritas en una línea de guion, y filmadas. Algo así como un cine respirado, sorbido.