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Crítica de Con el viento: Sonatina de Otoño

«Sólo la cara de Mónica García parece interesar a la debutante Meritxell Collel, cuya nerviosa cámara tiene, en general, querencia por rodar demasiado cerca de sus actrices»

Elena Martin en Con el viento
Elena Martin en Con el viento
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Las historias de relaciones renovadas entre padres e hijos largamente separados son todo un subgénero de nuestro cine, aunque el título de esta reseña aluda a una cumbre del género, cortesía del sueco Bergman. Después de la notable “La enfermedad del domingo”, por ejemplo, aquí volvemos a encerrarnos en un pueblo con una madre y una hija que regresa de Argentina a la muerte del padre. La situación no es terminal, aunque lo parece: la hija baila (es su oficio) como si no hubiera un mañana en un par de secuencias que se hacen largas, sobre todo porque están filmadas contra la idea de mostrar su cuerpo.

Sólo la cara de Mónica García parece interesar a la debutante Meritxell Collel cuya nerviosa cámara tiene, en general, querencia por rodar demasiado cerca de sus actrices; si bien cabe anotar a su favor que cuando es necesario también sabe filmar los rugosos y bellos paisajes burgaleses que habitan.

Pese a tanta cercanía, la psicología tampoco le interesa: pocos diálogos y muchos (primeros) planos silenciosos hacen que uno casi añore -esto es un chiste- un flashback al modo americano que nos aclare lo que la trama presente no se molesta en explicitar más allá de un par de escenas de brisca que son un soplo de aire. Este “autismo” narrativo, sin embargo, es típico de cierto cine de festival y en ese sentido el trabajo de Collel es impecable.