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Crítica de «Viaje a Nara (Vision)»: Poética y escurridiza Kawase

«Da la impresión de que lo que no cuentan los personajes es más importante e interesante que lo que cuentan, apenas nada»

Juliette Binoche en «Viaje a Nara (Vision)»
Juliette Binoche en «Viaje a Nara (Vision)»
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La directora japonesa Naomi Kawase hace películas, sí, pero como si hiciera ese sutil masaje japonés que se llama shiatsu, y presiona con el dedo de su cámara en esas zonas del espectador (que se deje) hasta armonizar su cuerpo y su mente. Hay películas suyas, como «Aguas tranquilas» o «El bosque de luto», que procuran a quienes las ven un estado de equilibrio y comprensión difíciles de explicar. También es cierto que su cine se mueve al ritmo lento de la cutícula y que necesita de una mirada paciente y que apenas encontrará otra recompensa que lo que ve y la sensación de shiatsu.

En «Viaje a Nara (Visión)» es un recuento de todo lo tangible e intangible de su universo, la naturaleza que respira, los árboles que se mecen, el viento que se confunde con el pensamiento, el sol, las nubes, el paisaje de bosque que quiere decir algo…, pero, ¿qué?... Kawase camufla una historia apenas perceptible en el interior de los personajes y de su entorno natural, y el relato de una mujer francesa a la búsqueda de una planta medicinal, Visión, que absorbe el dolor humano, es tan simbólica como escurridiza, aunque cuenta con ese rostro de Juliette Binoche tan apropiado para narrar sin palabras, sin explicaciones, los sentimientos. Naturalmente, uno se queda fuera de la emoción de los personajes, ininteligibles, pero que producen ese bienestar y la impresión de que lo que no cuentan es más importante e interesante que lo que cuentan, apenas nada.