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Crítica de «El veredicto (La ley del menor)»: Magistrada salomónica

El punto de vista es exclusivo de la mujer a la que Thompson le presta una convincente pátina de autoridad sin tener que exagerar demasiado el acento «british»

Emma Thompson en El veredicto (La ley del menor)
Emma Thompson en El veredicto (La ley del menor)
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Emma Thompson es una estupenda actriz cómica y cómica a secas, y buena guionista cuando se pone, pero aquí debe refrenar su natural vitalidad y hacer un personaje menos extrovertido de lo habitual en ella. Encarna a una jueza en activo y los tribunales que preside en la película parecen existir menos para impartir justicia que para debatir y solucionar delicados problemas de equilibrio moral de primer orden. Tal es el caso central que vertebra la función, el de un adolescente gravemente enfermo cuyos principios religiosos le llevan a rechazar la transfusión de sangre que podría salvarle de una muerte segura.

La jueza llega a este tribunal un poco tocada, pues acaba de dar por perdido su matrimonio con Stanley Tucci, a pesar de que este encarna a un varón que le declara su amor y sólo pide precisamente que ella le haga más caso, cana al aire más o menos. Este personaje es el principal problema de la película pues, como tantos otros hoy en día, parece un cruce entre fantasía de mujer y denuncia feminista.

Las razones que cuentan, el punto de vista en juego, es exclusivo de la mujer a la que Thompson le presta una convincente pátina de autoridad sin tener que exagerar demasiado el acento «british»: por eso es tan eficaz el momento en que su solidez se resquebraja, cuando en esta mujer sin hijos, volcada en su carrera, se despierta algo parecido a un instinto maternal con ese atribulado joven con el que valen sutilezas salomónicas. La pena es que todo esto viene orquestado por un director tan académico como Richard Eyre.