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Antonio WeinrichterAntonio Weinrichter

Crítica de Venom: Una ponzoña simbiótica

«En Venom tenemos, otra vez, un justiciero con poderes, un villano de tebeo, y una heroína perpetuamente en el banquillo del partido que juegan los dos primeros»

Fotograma de Venom
Fotograma de Venom
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La Marvel, el MCU (el universo-de-comics-marvel), como les gustaría a ellos que lo llamáramos, continúa expandiéndose… hasta ocupar casi todo el espacio (como también les gustaría) de lo que venía siendo el cine fantástico. Al menos del cine «blockbuster» que se hace en Hollywood: este «Venom» no viene presentado por las dos majors habituales sino por una tercera que quiere una parcela mayor del pastel de las «marvelillas», como si con Spiderman no tuvieran (no tuviéramos) bastante.

Esta introducción un tanto agresiva, atenta sobre todo a estrategias corporativas, refleja el espíritu un poco hostil con que se dispone uno a presenciar la llegada de una nueva franquicia (sí, el protagonista ya ha firmado contrato para una segunda y tercera entrega): si quiere ganarse nuestro interés, no digo ya nuestro aprecio, deberá merecérselo. En ningún sitio hemos firmado nosotros convertirnos en suscriptores cautivos de Marvel. Quizás porque sabemos lo que significa: en «Venom» tenemos, otra vez, un justiciero con poderes, un villano de tebeo, y una heroína perpetuamente en el banquillo del partido que juegan los dos primeros.

Este esquema cansino sólo puede dejar de serlo tirando de un número limitado de vías de renovación. ¿Mejorar los efectos visuales? Hecho: son asombrosos, si bien el climax de la megapelea entre dos bichos resulta más bien confuso y ruidoso. ¿Introducir alguna novedad en la definición del héroe? Hecho: Brock adquiere poderes al verse infectado por un alien ponzoñoso (venom significa eso, veneno de serpiente o escorpión) con el que debe aprender a establecer una simbiosis siempre conflictiva.

¿El villano? No, no se lo han currado, es el típico ejecutivo agresivo con ansias de dominar el mundo, siempre con una política de «puertas abiertas» en su inexpugnable mansión del mal. ¿La heroína? #Metoo. Y, por último, la baza más segura, el humor, que deja entrar el aire en la cripta de los superhéroes: eso de «tú y yo sabemos que esto es una chorrada», eso tan ausente, sobre todo, de las sagas de Batman. Los últimos superhéroes soportables han sido, siguiendo el ejemplo de Downey Jr., los ungidos por ese espíritu de autoconciencia. Tom Hardy, un actor que sólo puede no gustar a los pobres de espíritu, es finalmente quien redime la función, mezclando ironía y realismo en su inútil combate con la ponzoña simbiótica.