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Crítica de «El día que vendrá»: Una de posguerra

El director James Kent tiene una larga trayectoria televisiva, pero también algún largo de cine que no nos ha dejado huella

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Dada la conversión, ganada a pulso, del nazi en gran villano del cine (el cine de antes de la Comic Invasion, cuyos malos son siempre vagamente «nazis», por cierto), se agradecen las películas que tratan de describir lo que pasó con el conjunto de los alemanes una vez que perdieron la guerra. Recuerden grandes títulos como «Alemania año cero», «Tiempo de amar, tiempo de morir» o grandes personajes como el de Marlene en «Berlín Occidente» o la Maria Braun de Fassbinder… y luego olvídenlos porque nada de eso encontrarán aquí.

El director James Kent tiene una larga trayectoria televisiva, también algún largo de cine que no nos ha dejado huella, y eso puede explicar (aunque ahora esté mal visto meterse con una tele que vive su edad de oro) el poco partido que saca de sus excelentes departamentos de decorados y vestuario, o de la convincente recreación inicial de la ciudad de Hamburgo en ruinas; y sobre todo el frígido o risible resultado que obtiene cuando trata de representar un apasionado romance o cuando al final trata de ascender a las enrarecidas cumbres del melodrama.

Parte del problema está en el reparto. El hijo de Stelan Skarsgard es un actor de expresión única que disimula con una dicción suave, una mirada aguda y una hechura de armario: no sabemos si es o no un nazi irredento o si siente algo por Keira Knightley, y él desde luego no ayuda a aclararlo. Keira, por su parte, lleva bien los vestidos de época y proyecta algún tipo de sentimiento; pero no da la talla de heroína trágica en tiempos de trauma histórico o de drama desmelenado, o no le dan las escenas para que lo intente. El mejor es Jason Clarke, el cornuto que ocupa el vértice menos interesante del triángulo: es el único con el que el espectador revive un poco lo que eran los buenos relatos de posguerra.