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Crítica de «El vendedor de tabaco»: Discreto mutis

Esta película no es sobre el Freud de Ganz, sino sobre un jovencito de pueblo que llega a Viena cuando está a punto de ser poco menos que cordialmente invadida por las tropas de Hitler

Imagen de «El vendedor de tabaco»
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Con motivo de su reciente muerte muchos descubrieron, o recordaron, lo bueno que era Bruno Ganz. Para una generación, la de este cronista, sus trabajos con Wenders y Tanner son un axioma del cine moderno; para muchos otros Ganz evoca un meme axiomático también, tanto como ese que saben de Travolta: su descomunal recreación de una rabieta de Hitler. Aquí encarna a otro austriaco inmortal, víctima del bigotes: nada menos que Sigmund Freud.

Pero quien espere otra metamorfosis memorable de Ganz se llevará un chasco digamos que traumático. Este trabajo que ya vemos a título póstumo representa un más que discreto mutis para el actor suizo, sea porque ya le pilló cansado, o por el escaso peso que tiene en la función. Esta película no es sobre el Freud de Ganz, sino sobre un jovencito de pueblo que llega a Viena cuando está a punto de ser poco menos que cordialmente invadida por las tropas de Hitler.

Aunque el personaje tiene escaso interés (el actor no ayuda), el foco cae de forma exclusiva sobre su educación sentimental, con una prostituta, y política, cuando comprueba los efectos del nuevo régimen en su inmediato entorno. En esa toma de conciencia entra su amigo ocasional Herr Sigmund, que se limita a ejercer de consultorio sentimental medianamente efectivo: tampoco hace honor a su fama, no crean. Menos mal que no le cobra la consulta.