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Crítica de «La última locura de Claire Darling»: La vida a subasta

Es alarmante el poco partido que se saca en pantalla del vis a vis entre Chiara Mastroiani y su madre Catherine Deneuve

Catherine Deneuve en «La locura de Claire Darling»
Catherine Deneuve en «La locura de Claire Darling»
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Recordando la fama de actriz un pelín frígida que le persiguió desde sus inicios (pero de la que supo sacar chispas Buñuel, que con Hitchcock hubieran pasado a tener intensidad fallera), es curioso cómo Catherine Deneuve se ha ido convirtiendo desde los 80 en un icono intocable, un axioma del cine francés, sobrepasando de largo a la sobrevalorada Jeanne Moreau. La razón está en que ha sabido arriesgar, rodando con Corneau, Desplechin o Techiné y poniéndose en manos de directores con mucho menos caché, como esta Julie Bertuccelli cuyo mérito principal es… haber logrado pillar a la Deneuve. Y con ella a su hija Chiara Mastroianni que aquí hace de hija suya, siendo alarmante el poco partido que se saca de este vis a vis en la pantalla.

Es un síntoma más del bajo nivel de la función. Claire, la titular, es una mujer con síntomas de senilidad que subasta sus enseres, convencida de su muerte inminente. Pero la que parece sufrir de cortocircuito mental es la narración misma, pese a permitirse la hermosa licencia de hacer coexistir en el mismo plano a seres vivos y fantasmas de toda una vida. Claro, ningún fantasma compite con una Deneuve en estado de gracia, vieja dama indigna que fuma sin parar (otro toque documental), que pone su impronta en una película que no la merece.