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Crítica de La última bandera: Después del «amortecer»

El cineasta no hace otra cosa que reafirmar su independencia, inmune a las modas, aunque siempre lo recordaremos por la sensibilidad de sus amaneceres, atardeceres y anocheceres

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Richard Linklater se está volviendo masculino en sus últimos títulos, algo que podríamos lamentar, ahora que hasta Santiago Segura (léase la crítica de «Sin rodeos») se apunta al movimiento feminista. El cineasta no hace otra cosa que reafirmar su independencia, inmune a las modas, aunque siempre lo recordaremos por la sensibilidad de sus amaneceres, atardeceres y anocheceres. Lo sorprendente del caso es que es su primera colaboración con Darryl Ponicsan, autor también de la novela y de títulos románticos como «Caprichos del destino» y «Loco por ti». Choca porque «La última bandera», revisión de «El último deber» (1973), no tiene personajes femeninos y falta tensión sentimental para justificar el fichaje. En la frontera de la guerra y con trazas de comedia agridulce, la película se encuadra mejor entre el cine de reencuentros y el de carretera, con tres veteranos dispuestos a enterrar al hijo de uno de ellos, muerto en el frente iraquí.

Linklater vuelve a dar un peso mayúsculo a sus actores, que además son dominadores indiscutibles de un gran abanico de géneros. Basta para mantener el interés y puede que la taquilla, pero pesan en exceso la fama y la trayectoria de cada uno de ellos. Pese a sacarlos de sus casillas, en el buen sentido, y a que el trío es todoterreno, Fishburne, Carell y Cranston parecen tres extraños sin química en un partido de las estrellas, entrenados, eso sí, por un maestro de la creación de estados de ánimo.