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Crítica de «A la sombra de Kennedy»: Retrato frío y académico

«Bob Reiner ofrece luz e imparte una interesante lección de historia»

Escena de A la sombra de Kennedy
Escena de A la sombra de Kennedy
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El director de «Cuenta conmigo» y «La princesa prometida» -estará de luto por la muerte de William Goldman, guionista de esta última- retrata con pulcritud los años centrales de Lyndon B. Johnson, presidente número 36 de los Estados Unidos. Un dinámico Woddy Harrelson, maquillado con gran pericia, da vida al mandatario, que accedió al cargo de calculado rebote, tras el magnicidio que conmocionó al país en 1963. Johnson ganó luego las elecciones con el mayor margen en casi dos siglos, pese a lo cual sigue siendo una figura oscura y olvidada.

A falta de lo que dictaminen los eruditos, Bob Reiner ofrece luz e imparte una interesante lección de historia. Su retrato muestra a un personaje bronco, con frases como «Nunca subestimen la causa de un mártir ni el tamaño de los cojones de un texano». No teman por la reacción de la familia. En pantalla vemos a un hombre excesivo pero conocedor de sus limitaciones, astuto en las negociaciones y, en el momento crítico, consciente de que no podía ensuciar el legado del presidente más carismático del siglo XX. En este sentido, no habría venido mal un actor con más empaque que Jeffrey Donovan para hacer de Kennedy, ni una historia con algo de emoción, no solo buenos discursos.

Con un metraje sorprendentemente breve, al espectador le queda la sensación final de que ha visto una obra correctísima pero carente de pasión, como si la propia personalidad de Johnson hubiera impregnado la película entera.