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Crítica de «Rojo»: Argentina, año cero

El director, Benjamín Naishtat, hace del frío, la cautela y el miedo la paleta para colorear su dibujo

Darío Grandinetti en «Rojo»
Darío Grandinetti en «Rojo»
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Cuando sale el rótulo del título, un Rojo que inunda la pantalla, ya ha pasado tanto tiempo, tanta tensión y tantas cosas que uno se frota las manos en su butaca con la expectativa de lo que se avecina. Es un preámbulo brutal de intrigas y furias que sitúa la acción en una casa que abandonan sus moradores, un restaurante en un pueblo perdido donde se masca el texto, el subtexto, la agresión y la violencia, y un país, Argentina, que a mediados de los años setenta era un avispero removido por un palo.

La trama se centra en un abogado, que interpreta Darío Grandinetti como metáfora del tumor nacional y su imparable metástasis con el golpe militar de Videla, con la violencia personal en primer plano y el horror y corrupción general en un simbólico segundo plano. Pero, en el desarrollo posterior de la historia hay más intención que resolución, y entra en lo detectivesco con la incorporación a la trama de un personaje policíaco risible y diabólico que interpreta ese monumental actor que es Alfredo Castro, y explora lo social y paranoico de los preámbulos de la dictadura. Qué gran actriz es Andrea Frigerio, cómo convierte cualquier palabra o gesto intrascendente en motivo de inquietud, reflexión y descripción del ambiente y de lo que se cuece en él. El director, Benjamín Naishtat, hace del frío, la cautela y el miedo la paleta para colorear su dibujo.