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Crítica de Robin Hood: Leotardos, flechas y cerbatanas

«Los vivos que mata este Robin Hood son los rescoldos de la narración cinematográfica: esta versión tiene secuencias de puro videojuego»

Escena de Robin Hood, con Taron Egerton
Escena de Robin Hood, con Taron Egerton
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«Salvo a los muertos y mato a los vivos»: este lamento de Richard Burton es una de las mejores frases de la historia del cine de acción. Por algún motivo se me ocurrió mientras veía esta nueva versión (¿por qué?) de las aventuras del justiciero de Sherwood. Que resulta ser, por cierto, lo que los tenderos de franquicia llaman “origin story”: cuentan el origen del personaje y de hecho sólo llegamos al mítico bosque de Sherwood al final, a la espera de una secuela que ya nos tiene en vilo. Suponiendo que ese detalle importe: esto es la versión Baz Luhrmann o Guy Ritchie, de un posmoderno que cruje las meninges del espectador que fuimos, del que amó “El halcón y la flecha”, de las notorias aventuras del bandido bueno, de ese cheguevara medieval que citan revolucionarios de cuarto y mitad por aquello de redistribuir la riqueza.

Los vivos que mata Robin Hood son los rescoldos de la narración cinematográfica: esta versión tiene secuencias de puro videojuego que resultan «anacrónicas» no tanto por la época medieval sino por la era clásica, o dorada, de un cine de aventuras que tenía, cosa antigua, personajes y no héroes con superpoderes. Aquí el héroe es sonso, la heroína parece dibujada, el «moro» lo hace un Jamie Foxx que debe tener deudas de juego. Y los muertos que salva son los tópicos, el ruido y el estrépito de los clichés: un superhéroe merece un superantagonista. Sólo brillan, como casi siempre (parece el único espacio creativo en este tipo de franquicias), los malvados: archivillanos tópicos como ese sheriff que parece una caricatura del inmortal Vettinari del gran Terry Pratchett, o ese clérigo infernal que borda como una caricatura quevedesca F. Murray Abraham.