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Crítica de «El rehén»: Cuarteto de metal para una de espionaje

«El trabajo de guion y de puesta en escena es seco, sin excesiva vistosidad y sin apoyarse en los habituales recursos del género»

Escena de El rehén, con Jon Hamm
Escena de El rehén, con Jon Hamm
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Hay dos «pack» en esta película que se merecen llevarse el primer párrafo: el que forman el guionista, Tony Gilroy, y el director, Brad Anderson, y el de su pareja protagonista, Jon Hamm y Rosamund Pike. Un cuarteto impresionante con títulos como «Michael Clayton» y «El legado Bourne» (Gilroy), «El maquinista» o la serie «The Wire» (Anderson), el protagonista de la serie “Mad Men” (Hamm) o la increíble mujer fatal de «Perdida» (Pike). Tan extraordinario equipo encuentra el modo de hacer especial esta historia de espionaje, secuestro y rescate ocurrida en el avispero de El Líbano durante los años ochenta. El argumento arranca una década antes, y con una tragedia diplomática y familiar.

La trama es escurridiza: un ex diplomático vitalmente quemado en Beirut y una agente de la CIA se ven envueltos en una misión de rescate de un alto funcionario secuestrado, y hay tantos hilos sueltos alrededor de la misión que sólo pueden enredarse o ahorcarse con ellos. El trabajo de guion y de puesta en escena es seco, sin excesiva vistosidad y sin apoyarse en los habituales recursos de un género cuyo listón de espectacularidad ya lo pusieron en el tope personajes como Ethan Hunt o Jason Bourne. El personaje que interpreta Hamm, depresivo, alcohólico, descreído, está más impregnado de la prosa del antihéroe. Sorprendentemente, la tensión es máxima, y la explicación ajustada de los conflictos y los diversos focos de lucha entre los servicios de inteligencia, los factores políticos y religiosos, las ramas de los grupos terroristas…, es intrincada pero comprensible. Hay varias, y tal vez mejores, películas sobre la coctelera de ese escenario, pero ésta consigue dar su versión de «lo sucio» con notable interés.