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Crítica Ready player one: El «matrix» de Spielberg

Tiene tantos momentos estelares y tantas referencias (fascinante la de «El Resplandor», ingenioso el toque «Regreso al futuro») que hasta el más sesudo puede divertirse mientras se aburre

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Hacía ya muchas películas que Steven Spielberg no se iba al futuro, un lugar que conoce como un cura a su parroquia y en el que se convierte en un narrador chispeante, creativo y juguetón. Y Spielberg se va al futuro con un espejo retrovisor, pues atiborra su «matrix» con tantas referencias a la cultura reciente que, aunque distópico, resulta un futuro cómodo, vistoso. La entrada a la película es por la puerta grande: un asombroso esqueleto urbano, con arquitectura «afavelada» y donde los ciudadanos tienen el complicado cometido de vivir dos vidas, la suya propia como humanos y la de su avatar en un juego espectacular llamado Oasis… Toda la descripción del juego, sus creadores, el peculiar personaje que interpreta Mark Rylance, el mejor y más digno de estudio de la película, el universo de las tres llaves que le dan un sabor épico al juego, como de Anillos, está narrado y «filmado» por Spielberg con ese estilo suyo que consiste en «si parpadeas, te lo pierdes».

No es difícil pasarse la primera mitad de la película montado en una de esas vagonetas de Indiana Jones, aunque la narración y el peso que se hace pesado de las imágenes generadas por computadora y el torrente virtual le acaban resbalando un poco a uno por el costado. Pero la obra de Ernest Cline no podría estar en mejores manos, y Spielberg, sin banalizarla, la aligera de tal modo que se convierte en una peli de chavales, de los de ahora y de los de hace cuarenta años.

La columna vertebral de la historia da para lo que da, una aventura de héroes y de villanos no finamente tramada, pero tiene tantos momentos estelares y tantas referencias (fascinante la de «El Resplandor», ingenioso el toque «Regreso al futuro») que hasta el más sesudo puede divertirse mientras se aburre.