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Crítica de «La quietud»: Los ricos también lloran

Un culebrón redimido por la elegancia formal con el que está filmado, baste ver el diseño espacial (no ya dramático) de la secuencia del funeral, y por la altura del trabajo interpretativo de sus tres actrices principales

Las protagonistas de «La quietud»
Las protagonistas de «La quietud»
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La trama de la nueva película de Pablo Trapero, tras la impactante «El clan», no tiene mucho de original. Incluso podría evocar la de un culebrón de amor y lujo como el que titula esta reseña: una familia que se reúne después de cierto tiempo tras el síncope que sufre el patriarca, discusiones y revelaciones, crisis y tomas de conciencia… Un culebrón, eso sí, redimido por la elegancia formal con el que está filmado, baste ver el diseño espacial (no ya dramático) de la secuencia del funeral, y por la altura del trabajo interpretativo de sus tres actrices principales.

De Graciela Borges ya nos lo esperamos, claro, pero son las hermanas que hacen Martina Gusmán y Bérénice Bejo -tan parecidas que lo parecen ser de verdad- las que forman la espina vertebral de la función. Que también se redime por algunas escenas fuertes como la de Borges estrenando viudedad a los acordes de Aretha Franklin cantando «Gente que necesita a gente» (un supongo que deliberado toque irónico: se echaría en falta alguno más) o la sorprendente escena temprana de masturbación asistida de las dos hermanas que justifica por sí sola el precio de la entrada, además de anticipar el brillante final de literal «sororidad», que rubrica lo que es el gran tema de la historia. Menos esencial para dicho tema, pero quizá ineludible, porque en algunas situaciones no hay ricos inocentes, es la ecuación que completa lo de el amor y el lujo con la tortura y la represión, en su sentido tanto freudiano como político.