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Antonio WeinrichterAntonio Weinrichter

Crítica de La primera cita: Terapia de pareja

Escena de La primera cita
Escena de La primera cita
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Agradable sorpresa la de esta película que en principio parece proponer un esforzado tratamiento de un tema «necesario», como es el del Alzheimer. Lo sufre una mujer (Isabel Ampudia), sufrida esposa de un militar (Sebastián Haro): acostumbrado a tener a su lado una mujer sumisa, que no le complica la vida, el hombre debe aprender a desarrollar la nueva virtud de la paciencia, al tener que repetirle todo, y pasar a ocuparse más de ella que ella de él, como hasta ese momento.

Pero esto son los efectos normales de la enfermedad. Entre los estragos no previstos, y aquí es donde la cosa se pone interesante, figura la irrupción de una memoria no consciente o, mejor, que figura como el inconsciente de la memoria oficial, la que cohesionaba a la pareja y le permitía funcionar como tal. Es aquí donde el militar descubre que ha estado viviendo con una extraña y se produce en él una toma de conciencia paralela a la pérdida de conciencia de ella.

Ese contraste irónico podía haberse quedado a nivel teórico; es mérito del director y guionista, y los actores, saber encarnarlo en dos o tres estupendas escenas de diálogos. En la primera, la mujer cuenta su gran historia de amor perdido con otro hombre, pero sin querer que se entere su marido, a quien se lo está contando… Es insuperable, evoca aquel juego de roles con las parejas ausentes de «Deseando amar», vamos, que pone los pelos de punta. Y aún hay un par de escenas así, con una prostituta de whiskería nada menos (Mercedes Hoyos), que evocan el perdido esplendor en la hierba, con el mismo efecto. Y mientras el espléndido rostro de Ampudia se va convirtiendo en una esfinge.