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Crítica de Petra: La cima del «culebrón», el abismo de la tragedia

La historia está tramada de forma capitular, pero los actos no siguen el orden numérico lógico, sino que se ordenan de tal modo que el tiempo cronológico sea tiempo emocional

Bárbara Lennie
Bárbara Lennie - ABC
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Cada vez resulta más interesante atrapar el estilo del cineasta Jaime Rosales, pues en cada una de sus películas explora en el lenguaje cinematográfico con una indumentaria técnica, formal, distinta, y siempre con la idea de arropar con ella la gran carga dramática de un relato que tiende a situarse en un extremo, nunca en la llamada «zona de confort». Un repaso a su filmografía (que se obvia aquí), arroja claves sorprendentes sobre la oscuridad de sus argumentos y lo variado y vistoso de su ropaje exterior.

La historia de «Petra» es clara, cristalina: a la muerte de su madre, una joven busca a su secreto y encubierto padre, y sus sospechas la llevan hasta el interior de una casa y de una familia, y a un cruce de secretos, sentimientos, pasado turbio y fatalidades que le obligan al director a manejar claves tópicas, o clásicas, del melodrama, aunque, fiel a su estilo rastreador, le arrebata cualquier síntoma previsible a la historia mediante la mirada (la cámara, lo que muestra, lo que oculta), la estructura narrativa y la construcción insólita, complejísima y casi salvaje de los personajes, y en especial el del “padre”, un ejemplar único en el que conviven con naturalidad asombrosa la crueldad, el arte, el cinismo y un talento no impostado para la vejación y la falta de conciencia.

La historia está tramada de forma capitular, pero los actos no siguen el orden numérico lógico, sino que se ordenan de tal modo que el tiempo cronológico sea tiempo emocional: el espectador sigue la historia pisando las huellas de los sentimientos que irá teniendo después. Es un «culebrón» ennoblecido, y que aturde con golpes de tragedia. Magníficas, milimétricas, apabullantes interpretaciones de Lennie, Brendemühl y Paredes; brutal y angustiosa la de Carmen Pla, y mucho más allá del elogio la de ese «padre» que interpreta Joan Botey, un actor novel al que le vendrá pequeño el Goya.