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Crítica de «El peral salvaje»: La hermosa lentitud

Hay tanta pureza en la integración del tiempo en el espacio, y tanto sigilo en el trenzado de los sentimientos, que resulta agotador; fascinante, pero agotador

Imagen de «El peral salvaje»
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El turco Nuri Bilge Ceylan es tan fino tejedor como gran cineasta, y gusta de trenzar atmósferas, sentimientos e imágenes que luego se quedarán en el ojo y más adentro del espectador durante años. De aquel Estambul nevado de su película «Lejano», a la intriga retorcida en las estepas de Anatolia o a ese «Sueño de invierno» tan chejoviano y apasionado…

Lo que tienen siempre sus películas, además de una hermosura abrumadora, es un ritmo pausado, una largura extrema y una fe ciega en la paciencia del cinéfilo. Más de tres horas de pulso estético, de planos y secuencias que marean de belleza para contar el interior de sus personajes, en especial el de un escritor que siente que se aleja de sí mismo al acercarse a su tierra y a los suyos. Hay tanta pureza en la integración del tiempo en el espacio, y tanto sigilo en el trenzado de los sentimientos, que resulta agotador; fascinante, pero agotador. Si merece o no la pena es una cuestión que se resuelve después de haberla padecido o gozado.