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Crítica de «La pequeña Suiza»: Amanece Suiza, que no es poco

Karra Elejalde redime, con un par de gestos y un acento, la sosería terminal, de japonés de Jarmusch, del protagonista

Fotograma de La pequeña Suiza
Fotograma de La pequeña Suiza
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Es un mérito del nuevo trabajo de Kepa Sojo mentar la bicha: en España hay distintas concepciones nacionales y de ahí salen conflictos (incluso armados, ay) que se pueden poner en solfa. El ámbito es el de un humor bastante blanco, como en la saga de los ocho apellidos, aunque siempre saltarán ofendiditos a ambos lados de la «frontera». Pero la película no se merece reacciones airadas, quiero decir que no hace méritos para provocarlas, salvo que uno se indigne al ver que el sainete castizo sigue siendo el único modelo para hacer comedia española: ahí sí que no se distinguen diferencias regionales.

Para qué vamos a tentar la comedia sofisticada, la ironía o el ingenio, virtudes todas tan urbanas, cuando se sabe que el humor que todo el mundo entiende es, no ya rural sino carpetovetónico: el curita trabucaire, el abertzale que es un cliché con chapela, la mujer del preboste que es todo cuñada… Karra Elejalde redime, con un par de gestos y un acento, la sosería terminal, de japonés de Jarmusch, del protagonista; y Resines de guardia civil no tiene más que decir dos palabras para que entendamos (por asociación involuntaria) que este pueblo surrealista no es el de Cuerda. Al final, unos cuantos secundarios efectivos hacen llevadera una farsa que no va a ningún sitio ni mantiene su premisa inicial de reirse de la neura identitaria.