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Paterson (****): El grandioso encanto de la rutina y la poesía

Ninguna de las películas anteriores de Jarmuch hacía prever el torrente de sencillez, de profundísima sencillez, de esta obra maestra

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Jim Jarmusch es un cineasta tan previsible como el vuelo de un vencejo y desde sus primeras películas («Extraños en el Paraíso», «Mystery train»…) sorprendió tanto por su mirada, como por su talento y sus ínfulas creativas y atmosféricas.

Ninguna de sus películas anteriores hacía prever el torrente de sencillez, de profundísima sencillez, de esta obra maestra que titula «Paterson», el nombre de una ciudad afable y tranquila, y el nombre de su personaje protagonista, afable y tranquilo, un conductor de autobús en cuyo interior se fragua una poesía cotidiana, espontánea y directa que vuelca en un cuadernillo guardado junto al «táper» de la comida.

La película es una crónica en minúsculas de siete días de vida de este hombre y sus circunstancias, una joven esposa llena de encanto, imaginación y sueños que comparte con una vitalidad y una espontaneidad comparables en trazo poético a los de Paterson…

La cámara de Jarmusch es tan jugosa y está tan atenta al exterior y al interior de sus personajes que todo en la película, en su liviana pero húmeda historia, es fascinación y emoción. Los paseos matinales hacia el lugar de trabajo, la vuelta a casa, la salida con el perro al pub del barrio, los habitantes de existencia tenue y cercana, los guiños, tics y gestos del día a día…, un elogio pleno de naturalidad a lo hipnótico de lo cotidiano, con el hilo del argumento conectado al interior de Paterson, a su elemental y sentimental proceso de creación poética y a todos esos contornos de lo que es una vida sin más, aunque también sin menos, como si fuera habitual y lo más deseable del mundo que las corrientes del impulso lírico, el amoroso y la rutina laboral y vital se interrumpieran sin molestarse, y se solaparan con un orden que en la pantalla no es difícil confundir con «la felicidad».

«Paterson» está impregnada de magia exquisita, irreproducible casi con palabras, y llena de momentos gloriosos por su sencillez, un sutil y elegante sentido del humor, y una cercana oratoria, con el perro de la casa (en una interpretación memorable), con los habitantes de ese mundo nocturno del bar, con la propia ciudad a la que uno pertenece (cómo habla por los codos esa gran imagen de las Grandes Cataratas del río Passaic que adornan el pueblo y la imaginación de Paterson), con un japonés que pasa por allí…, con toda esa trama de ilusiones, aficiones y sueños del magnífico personaje de la esposa, que lo encarna con un intolerable atractivo y finura la actriz iraní Golshifteh Farahani.

Y él, Paterson, un tipo de una integridad y carisma sin ruido, sin pecho alto, que interpreta con enorme serenidad y voz preciosa Adam Driver, tan malo en Star Wars y tan increíblemente afable y humano aquí. Película maravillosa, nutritiva y que Jarmusch nos la cocina con el máximo gusto, cuidando el detalle de repetir sin agotar, de emocionar sin ensortijarse, de filmar y escribir con la idea de que salten (sin crepitar) todas esas emociones y sentimientos que pueden pasarnos desapercibidos todos los días de nuestra vida. Lamentablemente.

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