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Crítica de «Mug»: Parábola de la fealdad

«Originalidad no falta, ni la intención de aportar una mirada, en una obra demasiado dirigida a críticos y jurados de festivales»

Escena de MUG
Escena de MUG
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Que Malgorzata Szumowska tiene talento parece obvio después de ver esta sugerente película, una mezcla a veces desconcertante de estilos y géneros que evoca un título como «Máscara», aquella de Peter Bogdanovich en la que Cher tenía un hijo con el rostro deformado. La cinta incluye planos que parecen diseñados por Sorrentino, de un esteticismo a veces demasiado subrayado, y una escena surrealista de exorcismo en la que no queda ni la sombra del padre Karras (descanse en paz Jason Miller).

«Mug» es, por otro lado, la traducción disparatada, ¡al inglés!, del título «Twarz», que significa rostro. «Mug» puede traducirse como careto o jeta, además de jarra, pero al público español le dirá aproximadamente lo mismo, con dos letras menos.

El palabro tiene su explicación, después de todo: el protagonista trabaja en la construcción de la escultura religiosa más alta del mundo, un Cristo mayor que el de Corcovado en Río, hasta que un desafortunado accidente le deja el rostro desfigurado. El doctor Cavadas polaco hace lo que puede, que no es demasiado, en un entorno de humor negro que permite a los personajes bromear sobre la eutanasia con el abuelo, a la postre el único personaje con corazón. Originalidad no falta, ni la intención de aportar una mirada, en una obra demasiado dirigida a críticos y jurados de festivales.