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Crítica de «Otzi, el hombre de hielo»: Viaje al Neolítico

El alemán Felix Randau retrocede más de cinco milenios en el tiempo en su última película

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Hace casi cuatro décadas, Jean-Jacques Annaud sorprendió al mundo con la excelente «En busca del fuego», antes de arrasar con «El nombre de la rosa». Anthony Burgess creó el primitivo lenguaje paleolítico de sus protagonistas, que pese a todo se hacían entender. El alemán Felix Randau hace un experimento similar, también con un idioma de mentirijilla, aunque su viaje es de «solo» 5.300 años, con el Neolítico como destino.

La lectura de ambas películas es que el ser humano progresa lo justo a lo largo de siglos y milenios, y que el cine, si se descuida, involuciona. La película de Randau está bien rodada y puede apasionar, en cualquier caso. La acción es verosímil y los actores no parecen tipos modernos disfrazados. En su afán por respetar el rigor histórico, se contó con el asesoramiento del Museo Arqueológico del Sur del Tiro y hubo un experto en el rodaje para comprobar que ningún personaje sacara el móvil, por ejemplo.

Más difícil fue evitar que el guion superara el escollo de la simpleza lingüística. Ceñidos a la acción, a los personajes se les ve venir de lejos, sobre todo por lo brutos que resultan. Cazan, matan, saquean y violan como si fueran de cualquier otra época. Incluso invocan a un ser superior y miran al cielo, también por si arranca a llover.

Por supuesto, los protagonistas conocen los placeres de la carne, con la cueva como solución habitacional. Visto el desarrollo de la trama, se puede pensar incluso que quizá fueran ellos quienes inventaron eso de que la venganza es un plato que se sirve frío, a ser posible sobre la nieve y no siempre con el resultado previsto.

La película gustará a los pacientes y a los amantes de la naturaleza y la naturalidad. Disfruten de su sencillez, porque el arco de las flechas está mejor tensado que el argumental.