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Crítica de «Mi obra maestra»: Divertido festival de actores

La historia es en apariencia sencilla y está llena, a la vez, de quiebros inesperados

Imagen de «Mi obra maestra»
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Guillermo Francella y Luis Brandoni ya trabajaron juntos en la serie de Juan José Campanella «El hombre de tu vida». En España, José Mota protagonizó una versión que no logró igualar el encanto de la original, entre otros motivos porque Francella («El secreto de sus ojos») es un actor mayúsculo. Brandoni le aguanta el paso, lo que dice mucho a su favor, aunque su papel es menos complejo. El director es Gastón Duprat, aparentemente independizado de Mariano Cohn. Juntos dirigieron películas, programas de televisión e incluso dos canales.

El guión, muy fino, es del hermano mayor del cineasta, Andrés Duprat. La historia es en apariencia sencilla y está llena, a la vez, de quiebros inesperados, con los personajes justos y un lacito final para cerrar un círculo bastante bien dibujado. Los dos protagonistas, además, acaparan casi la totalidad de los planos. Al menos uno aparece siempre en pantalla, vigilando.

Arturo (Francella) es un galerista resabiado, sobre todo porque su pintor de cámara, Renzo (Brandoni), le exige un exceso de paciencia. El artista es un tipo herido y descreído, víctima de la decadencia profesional y de la sociedad, divertido si no se sufre su compañía. Como apoyo a la pareja aparece sobre todo el español Raúl Arévalo, en un papel pequeño pero, como se suele decir, esencial. Quiere ser alumno de Renzo, quien le suelta frases así: «El que hace arte es que no sabe hacer otra cosa. Es una especie de discapacidad». Su discurso recuerda, pero en cínico, al de Yasmina Reza en la obra teatral «Arte», por su carga contra el papanatismo tan particular que aqueja a ese mundillo. Su forma ruidosa de modernizar uno de sus cuadros es un buen ejemplo.

Es mejor no saber mucho más de la trama, que contiene interesantes dosis de intriga. Sí se puede adelantar que gustará más al público que a los críticos, lo cual no suele ser mala idea. En la Seminci de Valladolid, de hecho, los espectadores le dieron el premio y el jurado no se inmutó.