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Crítica de «Obediencia»: Rebeldes sin causa

El cineasta debutante Jamie Jones carga tanto los dados en contra de su protagonista que según avanza el metraje aumentan nuestras expectativas de que explote lleno de violencia

Imagen de «Obediencia»
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El cineasta debutante Jamie Jones carga tanto los dados en contra de su protagonista que según avanza el metraje aumentan nuestras expectativas de que explote lleno de violencia. Una violencia indefinida, sin objeto claro, pero llena de afluentes que hacen rebosar la línea de flotación.

Leon, sin empleo y cuya única actividad es boxear en un gimnasio, tiene, en efecto, una madre alcoholizada, cuyo amor por él es real pero ineficaz; y encima se echa un amante hooligan. También podrían parecerlo los miembros de su pandilla: en el primer, y mejor, plano de la película les vemos robar en un coche que les pilla de paso mientras su conversación, más bien divertida, no pasaría el filtro de censura de una red social decente.

Por otro lado estamos en 2011, la policía ha disparado a un joven y Londres se parece a cualquier ciudad sin ley: puede molestar que solo se ofrezca el punto de vista de los que toman las calles, los polis son solo “cerdos” anónimos. Pero lo peor es la ecuación de color y de clase que se le hace evidente a Leon, como si acabara de despertar de un largo coma en un limbo sin líneas rojas, cuando conoce a una squatter rubia y evidentemente de buena familia que parece enviarle señales de afecto.