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Crítica de «Nuestro tiempo»: Celos, paisaje y toros bravos

El último largometraje del mexicano Carlos Reygadas, que él mismo protagoniza junto a su propia esposa, Natalia López, y sus hijos, es una profunda sesión de psicoterapia y convivencia

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El director mexicano Carlos Reygadas, inclasificable, tan luminoso y oscuro, y siempre magistral, provocador y turbador en los arranques de su mejor cine, con unas primeras secuencias, como la de la dreyeriana «Luz silenciosa» o la inquietante de «Pos tenebrax lux», que te impregnan de sensaciones y turbulencias. Y de ese modo comienza «Nuestro tiempo», visual, natural y abierta a lo lúdico de unos juegos infantiles que adquieren, entre agua, lodo y horizonte, una poesía que estremece y sugiere un campo embarrado de emociones.

Lo grandioso y fordiano del paisaje, un rancho de ganadería brava, su vistazo panorámico a la corpulencia de la naturaleza y el calculado alimento para el ojo en planos largos, reposados, gloriosos, se superpone a lo aparentemente pequeño del conflicto familiar y a las intimidades de pareja: la potencia de la trama (una cuestión de celos, de infidelidad insoportable, de alteración de códigos entre el matrimonio) se aprecia con toda su fuerza y violencia no en ellos, sino en impresionantes secuencias de brutalidad animal (el toro bravo y su formidable simbología son el latido de la historia). Hay gran cantidad de primera persona en la narración, pues Reygadas es el autor del guion y dirección, y también protagoniza, junto a su propia esposa, Natalia López, y sus hijos esta larga y profunda sesión de psicoterapia y convivencia.