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Crítica de «Noche de juegos»: Intriga en estado de gracia

El disparate argumental, el ritmo dislocado y un sentido del humor rebosante de grasilla y de eficacia, pues no es raro reírse a borbotones con él, son las mejores armas de esta comedia

Jason Bateman y Rachel McAdams
Jason Bateman y Rachel McAdams - ABC
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El disparate argumental, el ritmo dislocado y un sentido del humor rebosante de grasilla y de eficacia, pues no es raro reírse a borbotones con él, son las mejores armas de esta comedia a la carrera dirigida por John Francis Daley y Jonathan Goldstein. Y tan buenas como esas armas son la química entre Jason Bateman y Rachel McAdams, una pareja de «screwball comedy», y una compañía de «jugadores» que salpican de gracias el guion, especialmente el vecino policía (Jesse Plemons y su traza de guardar gente en la nevera) y el amigo inteligente (Billy Magnussen) que primero habla y luego tampoco piensa.

La demencial historia consiste en una intriga criminal a partir de una retorcida noche de juegos de mesa, y la estructura argumental trata de un enredo, al que sigue un equívoco y luego otra vez un enredo… Como intriga no deja de ser siempre una broma, pero como broma o comedia, no deja de tener su intriga, pues los personajes son sólidos (dentro de su precariedad y de sus bien enfundados clichés) y las situaciones extravagantes. Y hay de fondo un cierto repaso a asuntos casi íntimos, como la relación complicada entre hermanos y los diversos traumas entre las relaciones de pareja. No da, desde luego, ni para medio estudio sobre estas y otras cuestiones, pero se agradece su franca liviandad y su tensión sin llegar al desgarro. Con encontrarle la gracia, que la tiene, hay que conformarse.