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Crítica de «Dos mujeres»: Pequeños arreglos con los muertos

Catherine Frot y Catherine Deneuve se ponen al servicio de Martin Provost en este «relato sobre pasado y presente»

Catherine Deneuve y Catherine Frot, en «Dos mujeres»
Catherine Deneuve y Catherine Frot, en «Dos mujeres»
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Tomo prestado el título de aquella opera prima de Pascale Ferran, «Pequeños arreglos con los muertos», porque es insuperable (lo era la película, búsquenla, pero aquí me refiero al título) para describir ese tipo de relatos que saben poner en relación el pasado y el presente de sus personajes. O cómo los traumas, las frustraciones, los asuntos no arreglados pueden pesar como el plomo y condicionar el ejercicio de nuestra vida cotidiana: para poder relacionarse con quienes te rodean debes tenerlo todo arreglado con quienes ya no están.

Es un título tan bueno que hay que merecérselo: Pero «Dos mujeres» lo consigue. La protagonista, Claire, es una mujer madura que se realiza en su trabajo de comadrona en un hospital, tiene un hijo que la quiere pero ya vuela solo, y tiene hasta un pretendiente. Este hombre amable es como una fantasía femenina, siempre dispuesto, siempre a su servicio, siempre sonriente… fíjense que si cambiamos de género, sonaría a proyección machista, casi como una esposa de Stepford, una pareja ideal de encargo: por eso digo que es (como) una fantasía.

Pues bien, la medida de la condición vital de Claire la da el momento en que le dice esa frase, terrible, de que no tiene nada que darle. Hace falta un pedazo de actriz como Catherine Frot para hacer creible ese estado de vacío interior, sin dejar de ser un imán que atrae nuestra mirada y nuestra empatía durante dos horas.

Si hay algo capaz de agitar esa anorexia emocional de Claire no es su «gentleman caller» sino una sombra del pasado que se le aparece: Béatrice, la amante de su padre, la que rompió el hogar familiar y luego se largó a la francesa. Catherine Deneuve no es tan buena como Frot –no sé si lo ha sido alguna ve–, pero tiene (además de un currículo lleno de grandes películas) una espléndida madurez: siempre cigarro en boca, es una vieja dama (in)digna de leyenda, un icono.

Frente a la Claire de Frot, a su Béatrice se le ven un poco las costuras, los trucos de oficio para dinamizar el personaje: pero es un duelo fascinante y, repito, la antaño «frígida» actriz Deneuve está por encima del bien y del mal. Esa Béatrice a la que se le acaba el tiempo es conmovedora, en sí misma y porque se convierte, ella también, pese a su condición de veterana vividora, en un símbolo de esos arreglos que hay que hacer con nuestros muertos.