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Crítica de La mujer de la montaña: Planeta azul

«Conviene aguantar, sin embargo, para llegar a un hermoso final acuático que, por una vez, alberga una metáfora visual y política adecuada»

Escena de La mujer en la montaña
Escena de La mujer en la montaña
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Puede costar aceptar el sabotaje en relatos que no sean, por ejemplo, de la Resistencia francesa contra el invasor nazi, pero eso es lo que practica la montañera islandesa titular, guerrillera con arco y flecha. Su objetivo son las torres eléctricas de la gran industria y su móvil no es solo defender el límpido ecosistema de su país sino de todo el planeta. La intención es tan loable como, según empieza a parecerlo, urgente su puesta en práctica. Pero el infierno del cine está lleno de películas con buenas intenciones. O con diálogos como los de esta, que no superan el nivel del panfleto. De hecho, lo superan: nuestra Robin(a) Hood no sólo sabotea corporaciones y se enfrenta a drones, helicópteros y otros artefactos de los cuerpos de seguridad, sino que quiere adoptar a una niña ucraniana.

En un momento dado uno sospecha que la cosa va un poco en broma, o que el autor no tiene sentido del ridículo: no sólo tiene ella una hermana gemela sino que el trío de músicos que la acompaña por doquier (los vemos al fondo de la escena tocando la banda sonora que oimos: un chiste que ya hizo Mel Brooks hace años) también se duplica con un trío coral con traje folklórico, ucraniano, por supuesto. En ese momento uno se relaja y disfruta con cosas de no creer, como ese momento en que alivia su hipotermia sumergiéndose en un típico geiser local. Conviene aguantar, sin embargo, para llegar a un hermoso final acuático que, por una vez, alberga una metáfora visual y política adecuada.