Es Noticia

Crítica de «Mirai, mi hermana pequeña»: Madurar a los cuatro años

Cuando uno empieza a pensar para quién está hecha la película (los pequeños no entenderán, los mayores se aburrirán), entra el mundo de fantasía por la puerta grande

Imagen de «Mirai, mi hermana pequeña»
Imagen de «Mirai, mi hermana pequeña»
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

Desde el desinterés, y por tanto desconocimiento, que profeso hacia la animación (pienso que la base del cine es fotográfica, casi documental: registra cosas que hay ante la cámara, así que tampoco los efectos digitales me parecen cosa de cine-cine), lo que no entiendo es que se domeñen los recursos plásticos del formato gráfico para imitar el relato audiovisual de «personajes reales»: si vamos a ver dibujos en movimiento, que sean abstractos o expresionistas, o algo que no sean imitaciones de personas hablando en plano-contraplano. Y peor si encima esas personas tienen enormes ojos redondos, como en el anime; y sin embargo apreciaba moderadamente el cine de Miyazaki (todo prejuicio tiene su excepción).

Esta «Mirai» empieza siendo lo contrario del inefable cine de Zemeckis (que convierte a actores humanos en muñecos): una historia realista, contada con un lenguaje razonablemente clásico, de cómo la llegada de una hermanita provoca un ataque de celos en el protagonista Kun, que llevaba cuatro años siendo el rey de la casa y ahora se siente desplazado. Bien, eso deja mayor margen para sus monerías que emplear un imposible de entrenar actor de esa tierna edad. Cuando uno empieza a pensar para quién está hecha la película (los pequeños no entenderán, los mayores se aburrirán), entra el mundo de fantasía por la puerta grande: Kun negocia su trauma de celos con una fuga de la realidad que le lleva a imaginar escenas de vuelos y una pesadilla ferroviaria pasada de rosca. La cosa se “anima”, literalmente, para quien guste de estas cosas.