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Crítica de «La mirada de Orson Welles»: Desde donde no había mirado nadie

Un viaje hasta el interior de Welles, donde habita la paradoja de alguien tan vitalista como Falstaff y tan soñador como Don Quijote

Orson Welles
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El historiador y cineasta Mark Cousins hace documentales como si fuera de la familia del documentado, y aquí se acerca a la figura insondable y mil veces sondeada de Orson Welles desde un lugar y un tono completamente distintos. La narración adquiere una peculiar forma epistolar, como si le escribiera desde lo muy cercano una carta a Orson Welles en la que fuera desvelándole conexiones, secretos y detalles que sueldan su personalidad, su vida y su obra, y toma como centro de operaciones de sus muchos descubrimientos la pasión que siempre tuvo Welles por el dibujo.

Gracias a la hija del director, Beatrice Welles, que ha conservado cientos de dibujos, bocetos y pinturas hechas por él a lo largo de su vida y durante sus viajes, vivencias y rodajes, el material que ordena, presenta y analiza Mark Cousins es absolutamente revelador de los porqués, los cómos, dóndes y cuándos que tejieron la fascinante obra de uno de los más grandes genios del cine.

Con gran conocimiento y no menos admiración, Cousins se acerca a un personaje del que ya se ha dicho todo, pero lo mira desde otra atalaya, desde la propia mirada de Welles y de su ingente obra pictórica, y lo va deshojando no solo en su faceta artística, sino también en la humana, la social, la ideológica, y expone sus contradicciones, aficiones e ilusiones. Aunque pasa por las huellas de sus grandes obras, “Ciudadano Kane”, “El cuarto mandamiento”, “Sed de mal”…, no se embelesa especialmente en ellas y no pierde su rumbo: el viaje hasta el interior de Welles, donde habita la paradoja de alguien tan vitalista como Falstaff y tan soñador como Don Quijote.