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Crítica de «Mentes brillantes»: Medicina insana

Como retrato de la esclavizada vida del estudiante «de élite», de su autoexplotación intelectual y de crítica a un sistema insano, la película logra su propósito, sin que se pueda hablar de cine de denuncia

Los protagonistas de «Mentes brillantes», en pleno maratón de estudio
Los protagonistas de «Mentes brillantes», en pleno maratón de estudio
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El hijo de un médico y otro muchacho con menos pedigrí se desviven por entrar en Medicina y completar una carrera tan exigente. Ambos descubren un mundo competitivo como pocos, donde los chavales entregan sus mejores años. En la arena cruel en la que se produce la criba, empieza a desplegarse el juego sucio. Uno de los protagonistas acaba incluso por perder el norte.

Como retrato de la esclavizada vida del estudiante «de élite», de su autoexplotación intelectual y de crítica a un sistema insano, la película logra su propósito, sin que se pueda hablar de cine de denuncia. Los jóvenes actores resultan creíbles y se nota que Thomas Lilti fue médico antes que cineasta.

Se echa en falta alguna figura capaz de defender el sistema o, como mínimo, de iluminar otros puntos de vista, pero al fin y al cabo esto es una película y no un reportaje periodístico. La verdadera pena es que Lilti no fuera también dramaturgo, porque a su obra cojea por el lado de la estructura. Expuestos los hechos, falta algún conflicto, que la trama se dirija a algún puerto, que ocurra lo inesperado, que sus personajes evolucionen hacia algún lugar que no sea la locura...