ES NOTICIA EN ABC

Crítica de «Los años más bellos de una vida»: Dabadabadá dabadabadá

La excusa es que se trata de una secuela de la película para la que fuera compuesto por su compinche Francis Lai

Imagen de «Los mejores años de nuestra vida»
Imagen de «Los mejores años de nuestra vida»
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

El cine francés de los años 60, y desde los años 60 hasta ahora, lo acapara la «Nouvelle vague» y los que no montaron esa ola, como Claude Lelouch, tienden a ser marginados. Su caso tiene de especial que en plena década firmó la denostada por la crítica «Un hombre y una mujer» («all together»: dabadabadá…), que fue un tremendo éxito de público además de ganar la Palma en Cannes, y que luego ha seguido rodando sin parar. Además, es capaz de filmar con una rapidez y una espontaneidad muy en el mítico espíritu de aquellos espumosos 60. Pero también puede ser un cursi de cuidado y, como demuestra aquí, le gustan demasiado las cancioncillas francesas de ese estilo que no ha variado mucho desde Françoise Hardy a Carla Bruni.

Una de esos temillas, pegadizos hasta la naúsea diabética, es el que tiene por estribillo el título de esta reseña. Lelouch sabe lo que le debe y aquí vuelve a abusar de él. La excusa es que se trata de una secuela de la película para la que fuera compuesto por su compinche Francis Lai; curioso, en las entrevistas no menciona que ya había hecho una primera secuela, justo 20 años después, y ahora solo habla del milagro de volverse a reunir con los actores protagonistas tanto tiempo después. 53 años no son nada, ya saben, pero no es el tango sino la balada baladí lo que le va.

Siendo justos, la reunión funciona bastante bien. Ver el rostro de Anouk Aimee (quien tuvo retuvo) en pleno plano-contraplano con el de un deteriorado Trintignant es completamente proustiano, aunque uno no tenga nostalgia de la película original. Lelouch sabe evocar los estragos de la memoria, que llevan a la pareja de viejos amantes a utilizar en los diálogos un estilo indirecto (y con el sublime «vous» francés) que pone los pelos de punta. Y además, el Lelouch cineasta se marca una secuencia experimental, un collage de tres películas (esta, la original de 1966, y un corto que hizo de una fantasmagórica carrera por un París desierto) casi tan hermoso y terrible como el «Toby Dammitt» felliniano: a ver quién es más moderno aquí.