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Crítica de «Maya»: El joven sin atributos

El protagonista de Kolinka es un cero a la izquierda, una página en blanco sobre la que nadie se digna escribir, un enigma con patas sobre el que sentimos tan poca empatía como la que él proyecta sobre lo que le rodea

Imagen de «Maya»
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La francesa Mia Hansen-Love entregó hace un par de años «El porvenir», la crónica de una mujer madura que se reinventa tras una crisis y que resultaba fascinante porque la encarnaba Isabelle Huppert. Allí aparecía Roman Kolinka, en el papel secundario de un joven compinche que le daba apoyo moral; debe gustar a la directora, porque salía también en su anterior y tediosa «Eden». Aquí es el personaje central y eso es un problema. Tal como le dirige Hansen-Love, o será que no da más de sí, el protagonista de Kolinka es un cero a la izquierda, una página en blanco sobre la que nadie se digna escribir, un enigma con patas sobre el que sentimos tan poca empatía como la que él proyecta sobre lo que le rodea.

Los personajes «autistas», sin atributos, que no expresan nada, son uno de los recursos más previsibles de cierto cine moderno que, de tanto rehuir los subrayados o la mera identificación humana, acaba por renunciar directamente a la narración. Véase como en este relato vemos siempre a los personajes entrando o saliendo de sitios, o al principio o al final de escenas cuyo núcleo siempre se nos hurta, permanece ausente. Qué horror incurrir en la psicología, en el drama, en diálogos que no parezcan slogans de ONG («Soy reportero de guerra», dice Kolinka como para excusar su falta de compromiso: no pude reprimir una carcajada). Basta contar con un actor o actriz fotogénico, y hacerlo moverse.

Al comenzar nuestro protagonista acaba de ser liberado de un secuestro por un grupo islámico… pero prefiere no hablar de ello. La película olvida pronto ese bloque inicial para mostrar cómo va a superar su trauma a Goa, la Ibiza india, en donde enseguida conoce a una joven belleza, sobre la que vuelca toda su muda elocuencia. Al menos compartimos sus giras turísticas mientras inician una suerte de amor prohibido. Pero la chica (Aarshi Banerjee) no se da cuenta de que está en una película distinta: esto no puede ser un melodrama, una película romántica, o algo de ese estilo, cuando lo que tiene delante es un antagonista al que no le puedes decir eso de, «Tenemos que hablar»