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Crítica de «Lazzaro feliz»: El milagro de la simpleza

«El aroma a parábola se mezcla con lo milagroso, lo social y lo disparatadamente lírico, y se asiste a varios golpes de guion equidistantes entre lo brillante y lo estrambótico»

Escena de «Lazzaro feliz»
Escena de «Lazzaro feliz»
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La directora italiana Alice Rohrwacher presentó la película más desconcertante, poética e inocente del último Festival de Cannes, a cuyo personaje central, el Lazzaro feliz del título, es difícil encontrarle una estantería en la que colocarlo. Es un joven campesino, de una simpleza que conmueve, y que vive en una aldea atemporal entre marginados y pobres de solemnidad al servicio de la marquesa Alfonsina de Luna. El aroma a parábola se mezcla con lo milagroso, lo social y lo disparatadamente lírico, y se asiste a varios golpes de muñeca en el guion equidistantes entre lo brillante y lo estrambótico, y que funcionan como una veleta que le va cambiando el rumbo a la historia según vengan los aires, los tiempos, los lugares…

Tan neorrealista como surrealista, tan moral como amoral, tan trágica como cómica, la historia de Lazzaro se adorna luminosamente con su relación con otro personaje insólito, el hijo de la marquesa, Tancredi, con algo de Visconti y mucho de Fellini. Toda la capacidad de fantasía de Rohrwacher y toda la carga metafórica humedecen la pantalla con gran variedad de sentimientos, de anacronismos, de trucos de magia infantiloide, de estados de ánimos y de choques culturales en los que la inocencia y la desvergüenza son sinónimos.

Agotan, quizá, sus tres capas de simbolismo, pero la cara y actitud del purísimo Lazzaro (interpretado por Adriano Tardolo, sin duda un pedazo de pan) son una bendición.

Dirección: Alice Rohrwacher. Con: Adriano Tardiolo, Agnese Graziani...