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Crítica de «Kursk»: Submarino en mal Estado

El interés y la intriga de «Kursk» no residen, lógicamente, en el resultado final de la historia sino en potenciar el drama en el interior del submarino y el melodrama en el exterior

Vinterberg en «Kursk»
Vinterberg en «Kursk»
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Thomas Vinterberg, el de «Celebración», fue uno de los inventores de aquella cámara suelta del movimiento Dogma, pero en esta película «de submarinos» la amarra poderosamente para contar una historia trágica y real ocurrida en un submarino de la Armada rusa en el año 2000: el K-141 Kursk se hundió durante unos ejercicios navales con 118 personas a bordo, y las crónicas de la época relataron las consecuencias de aquel suceso.

Vinterberg establece dos escenarios para recrear aquella desventura: el del interior del submarino, con la lucha (imaginada) de esos hombres por sobrevivir, y la situación de intriga e inquietud de las familias y la actitud polémica y obstaculizadora de las autoridades rusas para organizar el salvamento de los supervivientes. El interés y la intriga de «Kursk» no residen, lógicamente, en el resultado final de la historia, pues se sabe de antemano, sino en potenciar el drama en el interior del submarino y el melodrama en el exterior, con esas familias (el personaje de Léa Seydoux, esposa de uno de los atrapados, es la proa de esas emociones) y esa frialdad y orgullo del “aparato” ruso.

Vinterberg se esfuerza, además de en mantener intriga o esperanza a pesar de la certeza (¿se salvan, no se salvan?), en ofrecer un panorama de las claves políticas que rodearon al suceso, con la negativa rusa a la ayuda internacional con el fin de tapar con soberbia la impotencia de una moribunda potencia.