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Kong: La Isla Calavera (***): El gorila, como guardián entre el centeno

No se habla aquí de «La Bella y la Bestia», sino de la guerra y la paz, o del corazón sumido en las tinieblas cuando se ha perdido ya la razón de la batalla

Tom Hiddleston y Brie Larson en «Kong: La Isla Calavera»
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Con ligeros cambios de tiempo y circunstancia sobre las versiones anteriores, el cine vuelve a fijarse en la figura de King Kong (90-180-90, pero en metros) y vuelve a dar con una clave para dar en el clavo. Sin contar las aventuras cinematográficas en las de King Kong se peleaba con otros bichos, como Godzilla, o tenía descendencia o apestaba a secuela, se puede decir que ha habido tres notables películas anteriores sobre el gran gorila, y que cada una de ellas puede reconocerse fácilmente por la actriz que se debatía, o se desperezaba, sinuosa y algo lascivamente entre su manaza: Fay Wray, Jessica Lange y Naomi Watts.

La primera la dirigieron Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsak en 1933; la segunda, John Guillermin en 1976, y la tercera, Peter Jackson en 2005. Puede discreparse sobre cuál de sus protagonistas femeninas resultaba más convincente, más seductora o mejor desvestida en esa pasarela que es la palma de la mano de King o Kong, o cuál de ellas le saca su mirada más dulce o su toquecito más cariñoso, pero en las tres prevalece la idea del bien y el mal, la bella y la bestia, lo natural y lo artificial o del caballero andante y la dama en peligro…, y todas coinciden en que la aventura y el melodrama tiene su fin trágico en la hipocresía y la cúspide de la civilización, digamos en Empire State Building o las Torres Gemelas en la de Guillermin.

En esta última mirada a King Kong, que se la ha dirigido Jordan Vogt-Roberts, sin una filmografía anterior que reseñar, hay algunos detalles de interés, y tal vez el primero de ellos sea que no se recordará esta versión, como las anteriores, por «la chica» que hace suspirar al gran gorila, a pesar de que Brie Larson, la actriz que interpreta a Ann Darrow, aquí fotógrafa de guerra, tiene tantísimos atractivos como las estrellas mencionadas y que la precedieron en el cuenco de la mano, y de que el monazo comparte con «la chica» un par de momentos de mirada a lo Rick en «Casablanca»… Pero, no se habla aquí de la bella y la bestia, sino de la guerra y la paz, o del corazón sumido en las tinieblas cuando se ha perdido ya la razón de la batalla… Por eso, está película conecta ya de salida con la Guerra de Vietnam, con el vacío del excombatiente y con la lucha entre el futuro y el pasado.

El equipo de búsqueda en la Isla Calavera está compuesto por científicos obsesos (John Goodman), por militares obsesionados (Samuel L. Jackson), por exploradores apaleados por la guerra (Tom Hiddleston), por un vestigio de guerras anteriores (John C. Reilly) y por una testigo de la barbarie, fotógrafa, que encuadra la historia (Brie Larson)… Y se estructura al modo habitual, acciones paralelas para presentar a los personajes y su elección y situación en la trama.

Todas las secuencias de acercamiento a la isla, con espectacular despliegue de helicópteros en plan «Apocalypse» al que solo le falta un fondo de «Walkirias», es magnífico, y muy eficaz en el suspense, creatividad y peligro de la aventura en ese mundo perdido que tiene algo de viaje por el jurásico de Spielberg…, aunque lo singular es el tratamiento del gran King Kong como «vigilante» del lugar, como guardián entre el centeno, como puerta inaccesible para que un pasado salvaje y desalmado penetre en nuestro futuro de tranquilidad y tecnología. Como metáfora, tal vez sea insuficiente, pero como aventura llena de intriga y desasosiego, funciona.

No tiene el encanto poético ni la atmósfera de cuento tenebroso de la primera versión, ni tampoco el músculo digital, el desgarro o el estilo de la de Peter Jackson, y en cambio sí se vuelca en el estereotipo, tanto de los personajes como de la mucha acción. Pero el gorila da la talla, y sugiere una complejidad emocional a la altura de su larga historia.

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