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Federico Marín BellónFederico Marín Bellón

Crítica de «¿Qué te juegas?»: Frescura por pulir

«La dirección no atina con el rumbo preciso y de sus bocas no salen los mejores diálogos»

Escena de «¿Qué te juegas?»
Escena de «¿Qué te juegas?»
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A una comedia que se define como disparatada no cabe pedirle coherencia, ni la necesita. El público «normal» tampoco estará familiarizado con los entresijos de una naviera, por lo que su aparente inverosimilitud apenas importa. Y que la película destiñe cierta estética televisiva no puede ser malo, después de tantos años escuchando que el mejor cine se proyecta en las casas.

Lo que cuenta la debutante en el largometraje Inés de León, a partir de una idea de la empresaria y no menos novata en estas lides Astrid Gil-Casares, con ayuda de otros tres guionistas con más tablas (Rafa Russo, Breixo Corral y Pablo Alén), es una trama clásica con vocación de ser sofisticada. El esqueleto es el de las viejas comedias desmelenadas (screwball, para los listillos), la carne la aporta su atractivo trío protagonista y los ropajes intentan darle a todo un aire de modernidad, ochenta años después de las cumbres del género. No son tantos como los del brontosaurio de «La fiera de mi niña», pero la distancia con los ineludibles referentes era insalvable. Sin ánimo de cometer la mayor injusticia de la historia, los protagonistas de «¿Qué te juegas?» no terminan de sentirse cómodos. La dirección no atina con el rumbo preciso y de sus bocas no salen los mejores diálogos.

Por si el lector demanda más detalles sobre la trama, una joven monologuista de la calle (Leticia Dolera) se topa con dos hermanos (Amaia Salamanca y Javier Rey), ricos herederos de la naviera. El juego de contrastes se sustenta en la disparidad social e incluso sexual de sus protagonistas. Del resto de papeles destaca un chamán del Amazonas al que da vida Walter Orellana. Entre todos logran que la tarde se pase tan ricamente, con menos oportunidades de las deseadas para la risa.