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Crítica de «Jaulas»: La vida en el alambre

El retrato de ambientes y la psicología de los personajes le procuran al relato una atmósfera de fatalidad, de malos presagios, que amasan la trama entre negruras ancestrales, cultura de barriada y vida en el barro

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Hay algo de aquel primer y costumbrista Emir Kurturica en «Jaulas», película que abre y viste de largo la filmografía de Nicolás Pacheco, que presumiblemente será también larga si computa la cantidad de talento visual, potencia narrativa e intensidad dramática que vuelca en su debut. Toda la metáfora de su historia la encierra en el título, en ese estar dentro o fuera del lugar previsto para tu vida.

El retrato de ambientes y la psicología de los personajes le procuran al relato una atmósfera de fatalidad, de malos presagios, que amasan la trama entre negruras ancestrales, cultura de barriada y vida en el barro. En el centro estaría la necesidad de huir de una mujer y de su joven hija, y alrededor de ellas el mecanismo de la tragedia que busca los barrotes para atraparlas dentro.

A pesar de la atmósfera, «Jaulas» es una película luminosa, musical, incluso con destellos de alegría o humor, con momentos lorquianos y otros de rizos naturalistas y frescos. Las interpretaciones combinan también todos esos tonos, y especialmente la de Estefanía de los Santos es un alarde de tremendismo y desgarro. Belén Ponce de León, la joven Marta Gavilán, la presencia fuerte de Antonio Dechent y ese físico de esquina de Antonio Estrada puntean el golpe en la mesa de este director.