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Crítica de «Instinto maternal»: La mano que mece la cuna

«No caeremos en la vulgaridad de decir entonces que el modelo es Hitchcock (tan universal) pero sí que el director ha aprendido la gran lección del maestro»

Escena de «Instinto maternal»
Escena de «Instinto maternal»
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El thriller, y su variante más visceral y de terror, parece el único género cinematográfico sobre el que el cronista no debe tener en la despensa un certificado de defunción: no hay muertos que gocen de mejor salud que aquellos que se nos muestran en estas películas de intriga urbana. O suburbana, porque en este la acción transcurre en una urbanización hacia los años 60.

Solo el hecho de que sea belga impide que el cronista alabe la impecable recreación de muebles y vestidos vintage evocando la serie americana “Mad Men” o, una referencia mejor y más pertinente, los melodramas del gran Douglas Sirk, en donde damas perfectamente peinadas sufrían encajonadas en viviendas de dos pisos que no dejaban de ser una jaula de oro. Pero la mujer que organiza íntimas “dinner parties” o perfectas fiestas de cumpleaños para su hijo, o el de la vecina, no agota el referente de esta película.

Ya la secuencia inicial introduce un tono de tensión y sospecha que entonces se revela como una “quedada” con el espectador pero anuncia el modo que presidirá enseguida la peripecia. No caeremos en la vulgaridad de decir entonces que el modelo es Hitchcock (tan universal) pero sí que el director ha aprendido la gran lección del maestro: dosificar la diferencia entre lo que conoce la protagonista y lo que conoce (o ve) el espectador. Eso y el trabajo de un par de actrices desconocidas, por belgas, pero excelentes compensa una cierta morosidad general de la función antes del despiporre final.