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Crítica de «De la India a París en un armario de Ikea»: Cuento sin gracia

El protagonista no tiene mayor interés, y tiende a compartir sus pensamientos con una recurrente y ocurrente voz en off, sin que el resultado resulte mínimamente «literario»

Imagen de «De la India a París en un armario de Ikea»
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Parece que antes de ser una película, esto fue un bestseller editorial. No es mi terreno (John Le Carré aparte) pero parece un libro que alguien colocaría en una clínica de desintoxicación para dar ánimos (o acelerar la recaída). Quizá por escrito fuera otra cosa que una fábula global con sobredosis de edulcorante, que es lo que aquí se nos ofrece sin más valores redentores que el de incluir el doloroso fenómeno de los inmigrantes sin papeles en la ecuación de la felicidad. Todo consiste, tomen nota, en aceptar el karma, obrar el bien y lo demás caerá del cielo, o de las manos de un guión que convierte el de «Amelie» en una tragedia negra. Diablos, una serie como «Me llamo Earl» lo contaba mejor y con mucha más gracia.

El protagonista no tiene mayor interés, y tiende a compartir sus pensamientos con una recurrente y ocurrente voz en off, sin que el resultado resulte mínimamente «literario». Pese a ello, las mujeres (todas) que encuentra, empezando por su santa madre, están encantadas de conocerle: será la autocomplacencia del narrador que siempre quiere salir bien en la foto. Lo más atrevido de la película es incluir lo del «armario de Ikea» en el título español, pero si hay una cosa que no saben hacer sus responsables es armar o montar un relato funcional, como los productos de la tienda sueca.