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Crítica de «Los Increíbles 2»: Valores mutantes y valores inmutables

Brad Bird y Pixar vuelven a la carga con la secuela de la exitosa película de los superhéroes más famosos de Disney

«Los Increíbles 2» llegan a la gran pantalla
«Los Increíbles 2» llegan a la gran pantalla
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Aunque solo fuera por «Ratatouille» y «Los Increíbles», cualquier persona de cualquier edad, cinéfilo o no, tiene una deuda contraída con Brad Bird, el guionista y director, que no se salda con lo suelto del bolsillo. Y esta segunda parte de «Los Increíbles» le añade un cero o dos a esa deuda: es tan buena y divertida como la primera, solo que «mejor», pues le añade sorpresa a la sorpresa, espectacularidad y conglomerado actual a la primera, que ya tenía todo eso en grado máximo.

Brad Bird utiliza la misma coctelera y los mismos ingredientes, pero le cambia sutilmente las dosis para que el combinado adquiera un sabor más acorde con los tres lustros que han pasado, no por los personajes, sino por el mundo: es una película de superhéroes, pero es aún más una película familiar, un tratado de la convivencia en un hogar y del equilibrio de roles de género y laborales.

Elastigirl, «la mamma», adquiere un peso especial en la aventura y le discute el papel de estrella (músculo, economía e importancia) a Míster Increíble, que ha de acomodar sus fuerzas y talentos a los quehaceres caseros: sólo se puede calificar de magistral todo el tramo de la película en la que «concilia» labores caseras y superpoderes. Cada uno de los personajes tiene una tarea semejante de «conciliación», tanto el padre como la madre, como cada uno de los hijos, con la adolescencia, con la sensación de importancia dentro del grupo familiar o con el descubrimiento y «control» de sus poderes especiales.

Y es en esto último donde aparece la gran sensación de la película, con el bebé Jack-Jack y el catálogo impredecible de poderes especiales que manifiesta y que ponen en serio peligro a él mismo y a todos los que le rodean sean héroes o villanos… Los momentos entre Edna Moda y el bebé Jack-Jack, al que tiene que encontrar un traje y una “personalidad” mutante adecuada, son una maravilla de gracia e ingenio.

La aventura en sí, el enfrentamiento con el «Rapta-pantallas», el villano de esta historia, es un trago lo suficientemente refrescante como para acompañar la solidez y ejemplaridad de lo que trata Brad Bird en su retrato complejo y maduro de las relaciones familiares, los pesos y contrapesos del matrimonio, los humores cambiantes y las etapas de los hijos… Y todo ello sin que decaiga ni un instante el interés y el divertimento, y sin que haya la menor abolladura en la magistral carrocería cinematográfica, tan lujosa, espectacular y asombrosa. Y tiene especial gracia que en una película esencialmente de “mutantes”, afine tanto el director para subrayar esos valores de la familia que no mutan fácilmente.