ES NOTICIA EN ABC

Crítica de «La importancia de llamarse Oscar Wilde»: Últimos días de una víctima

Everett echa por la borda refinamiento e ironía, las bazas que habrían hecho este retrato más atractivo…

Fotograma de «La importancia de llamarse Oscar Wilde»
Fotograma de «La importancia de llamarse Oscar Wilde»
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

Rupert Everett, cara bonita del cine inglés de los 80 a quien se dio por amortizado, se ha sabido reinventar varias veces. Y lo hace aquí de nuevo como guionista, director y protagonista absoluto de un proyecto que debe estar muy cerca de su corazón. Ya había interpretado diversos personajes de Oscar Wilde: su suave pero letal sentido de la ironía y su elegancia natural casi le condenaban a ello. Aquí se atreve a encarnar al propio escritor, pero con una agenda muy particular: solo le muestra en su terrible decadencia final, durante los tres años que sobrevivió a su salida de la cárcel por el delito nefando de sodomía.

Eso quiere decir que Everett echa por la borda refinamiento e ironía, las bazas que habrían hecho este retrato más atractivo… y más cercano a la idea que tenemos de Wilde, el dandy de las palabras ingeniosas y los abanicos de las ladies londinenses, y que aquí comparece apenas en un par de imágenes retrospectivas de carácter casi alucinatorio, dada la realidad existencial de este sintecho enfermo que vemos en su exilio continental.

Es una decisión radical esta de Everett. Abona el lado oscuro y «maldito» de todo artista que se precie, sesgo típico de todo biopic: oímos a Wilde desafinar en un tugurio, recitar versos deshilachados, pero no su verbo más brillante. Por otro lado, y este era quizá su propósito, muestra la intolerancia inglesa que le convierte, por medio de citas a títulos icónicos como «Muerte en Venecia» o «Un chant d’amour», en una víctima simbólica del movimiento gay.