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Crítica de «El hotel a orillas del río»: Boceto

El coreano Hong Sang Soo es un caso único. Se lo rifan los grandes festivales, consigue mantener un ritmo de producción implacable y últimamente estrena de forma regular entre nosotros

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El coreano Hong Sang Soo es un caso único. Se lo rifan los grandes festivales, consigue mantener un ritmo de producción implacable y, lo que es más insólito, últimamente estrena de forma regular entre nosotros: este es el quinto título suyo que nos llega en tres años. Eso nos ahorraría tener que hacer las presentaciones y quizá hasta callar la boca al populista de turno (puede ser un cómico, un personaje de comedia castiza o incluso, glub, un comentarista cinematográfico) cuando abra la boca para bromear sobre el «cine coreano de autor», pero yo no me haría muchas ilusiones.

Cierto, Hong hace un cine menos lucido que las producciones fantásticas y thrillers que Corea exporta con éxito pero, a cambio, sus películas son muy accesibles pues tan solo escenifican situaciones cotidianas. Su escena-primaria tiene lugar en torno a una mesa en donde unos pocos personajes beben (y vuelven a beber) y hablan (mucho) sobre penas de amores, mayormente. Eso sí, su simplicidad puede ser tan engañosa como la de un Kiarostami: Hong ama el bucle, la repetición y la simetría, recursos narrativos que trenza con maestría (repesquen una de sus obras mayores, “Ahora sí, antes no”). Pues bien, incluso de ese formalismo se despoja en este, uno de sus relatos más lineales, aunque mantiene su capacidad para filmar objetos y situaciones prosaicas con la mirada de un poeta de rima libre.

¿La historia? Da un poco igual, Hong hace siempre casi la misma película: baste decir que sale su musa Kim Minhee, que hay ironías a costa de la condición de cineasta o artista famoso (en este caso un poeta), y que las borracheras nunca resultan divertidas sino que son la antesala de alguna revelación melancólica.