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Crítica de «The Old Man and the Gun»: Dos hombres y un adiós

Está muy pendiente de qué y cómo destila su narración, y por ello acentúa su aroma independiente, «indie», ese que tan bien ha armonizado Redford en su vida y obra

Robert Redford
Robert Redford
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Esta película trae en su prospecto una información sobre sus componentes y modo de empleo que es sustancial: contiene la última interpretación de Robert Redford, uno de esos actores destinados a la eternidad. Este elemento casi químico le otorga al producto una naturaleza al tiempo crepuscular e imperecedera, y con el añadido de que en su argumento ya contiene las trazas de melancolía y ocaso de su personaje central, Forrest Tucker, un viejo y elegante ladrón de bancos en su mirada a la puesta del sol. Tucker y Redford se funden en esta nostálgica y extrañamente vitalista huida.

La historia la dirige David Lowery, un director que viene a decir hola más que adiós, tras su indescriptible «A Ghost Story», y coloca en ella como contrapunto a Casey Affleck, protagonista con apenas un cameo de aquella rara trama de fantasmas, y aquí el policía perseguidor y sus circunstancias. Lowery apela al impresionante encanto de su personaje y de su protagonista, Tucker-Redford, para que la narración fluya en un entretenido presente, pues Tucker continúa imparable con su profesión de atracador noble y educado mientras que la pantalla intercala imágenes reconocibles de otras películas del joven Redford, como fogonazos de un pasado vigoroso, brillante e inolvidable de ambos.

«The Old Man and the Gun» está muy pendiente de qué y cómo destila su narración, y por ello acentúa su aroma independiente, «indie», ese que tan bien ha armonizado Redford en su vida y obra (pongamos Sundance). El estar pendiente y ser independiente, el conservar un estilo y no renunciar al sentido del humor y al tono sentimental, es el mejor arma de esta película, que asoma pero sin disparar tal y como hace su protagonista frente al cajero de turno. Y el toque Sissy Spacek, y la naturalidad y madurez que le aporta a la historia su relación con Tucker-Redord, es sencillamente magnífico, un bálsamo que hidrata de perspectiva la rugosa piel de este relato de punto y final.