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Crítica de El hombre que mató a Don Quijote: Muy perdidos en la Mancha

La confusión de tiempos, de rodajes, de espacios, de «realidad» y de sueño ilusorio le proporcionan terreno metafórico a la confusión de roles y de almas

El Quijote de Gilliam
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No es nada fácil encontrar el sitio adecuado desde el que mirar «El Quijote» de Terry Gilliam, y casi hay que llegar a él por descarte: es evidente que los sitios menos confortables para verlo son la novela original de Cervantes y la filmografía, también original, de Terry Gilliam. Desde esas dos atalayas, la película puede resultar decepcionante: «El hombre que mató a Don Quijote» sólo adquiere sentido si se analiza (o disfruta) desde el mismo y caótico cambio de tonos, posturas y puntos de vista que sugiere desde su interior el relato, tan preso de la extravagancia como del atropello, tan esperpéntico y banal como, en ocasiones, profundo y lírico, tan traído por los pelos como por la peripecia de su propia y nefasta historia.

La confusión de tiempos, de rodajes, de espacios, de «realidad» y de sueño ilusorio le proporcionan terreno metafórico a la confusión de roles y de almas, a la mezcla de locuras del trío principal, Gilliam, Alonso Quijano y Sancho, los tres perdidos en una aventura distorsionada y de pies y cabeza intercambiables. La parte magra de la película está en el reencuentro de un director de cine con el viejo Quijote que se quedó atrapado en el alma de su personaje, en esas porciones de química que se arrojan el uno al otro Jonathan Pryce y Adam Driver (quienes, milagrosamente, dan la impresión de creerse su papel), y es en ese tramo de historia, de película, en la que Gilliam encuentra algo que contar y la originalidad de cómo contarlo (el ejemplo es el chispazo de talento en burlar las cuestiones del idioma y en apartar de un manotazo el juguetón subtitulado). Hasta lo grotesco y lo sobreactuado puede tener su sentido y su gracia.

Y puede considerarse como patinaje no muy artístico todo ese entramado que Gilliam levanta alrededor de lo esencial, esos flecos argumentales de pura tramoya, con rusos, mafias, productores, una Olga Kurylenko sin gracia ni personaje…, ruido en una película ruidosa, y caos en una película caótica.