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Crítica de «El hijo del acordeonista»: Recuerdos de Obaba

Compagina bien la serenidad narrativa, la descripción y el estado de ánimo, con el nervio de algunos pasajes y el interior y la caricatura de algunos personajes

Imagen de «El hijo del acordeonista»
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Adaptación de la novela de Bernardo Atxaga, situada en dos tiempos y en dos lugares aunque realmente anclada a su universo de Obaba, entre mágico, melancólico y metafórico. Narra una historia de amistad que comienza en la infancia, entre dos niños, David y Joseba, y que se ve alterada, oprimida, rota y rehecha a causa de los acontecimientos bélicos, ideológicos y sentimentales acontecidos en Obaba, o sea, lo rural y ancestral del País Vasco.

En el presente californiano y crepuscular del personaje central, David Imaz, el hijo del acordeonista, aflora el pasado de la historia que vivió junto a su amigo, su entorno familiar y social, los ecos de la guerra civil, los estertores de la postguerra, la larva del terrorismo, los pesares y las culpas.

El director, Fernando Bernués, que ya llevó esta novela hace años al teatro, compagina bien la serenidad narrativa, la descripción y el estado de ánimo, con el nervio de algunos pasajes y el interior y la caricatura de algunos personajes. No tiene la ternura poética del «Obaba» que filmó Montxo Armendáriz, pero sí una mirada plácida, amistosa, sin apenas ácidos ni maldad a esas regiones del recuerdo y sus peores cicatrices.